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La alucinación, el encandilamiento y la idealización inicial donde todo parece perfecto, brotan casi de modo paralelo a la angustia de ser descubierta, al escándalo que ello generaría y al posterior estigma social y moral que se desata. Por esa razón, ellas llegan a ‘pedir permiso’, a un psicólogo o a un profesional autorizado para vivir más liberada de culpa, para saber si está bien sentir como nunca sintió con el marido.
También asoma el arrepentimiento. Por eso, tener un amante no es un beneficio directo. Es más bien una evasión, un complemento, una compensación de eso que tanto busca y que no encuentras. Pero cuando te despiertas y te das cuenta de que te comportas como pareja con dos personas, te baja la incertidumbre, el miedo y la maldita culpa que no te permite ver con claridad en qué está de verdad tu relación de pareja.
Con el tiempo, es probable que la alucinante sensación del principio de paso al acostumbramiento, de ahí se esta a un paso de hallar defectos al amante. Aunque ocurre que la mujer rompa con su marido o pareja estable, siempre es difícil proyectarse con el amante, casi imposible, pues siempre se corre el riesgo de ser presa de la decepción.
En aspectos prácticos, no es fácil proyectarse con el amante. En los momentos de ensoñación, sí, se exterioriza otra esfera donde no es fácil maniobrar. “Poniéndolo a él (el amante), en segundo plano, también se siente en desventaja de otras mujeres”. Por eso se confunde.
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